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José Manuel Arribas Vargas DESARROLLO PERSONAL
Vive como quieras:
¿crisis de valores o crisis de valor?

Por José Manuel Arribas Vargas
 
     
 

Un día cualquiera estás dirigiéndote a tu puesto de trabajo y antes de entrar decides darte la vuelta y cambiar tu vida, dedicándote a algo que nada tiene que ver con tu profesión hasta la fecha, ¿te atreverías?

Aunque suene a película post crisis económica, maravillosa obra de Frank Capra por la que recibió un Oscar, esta acción es posible. Claro está que para ello hay que ser coherente y consecuente con hacer lo que quieres y no lo que puedes.

Pensemos que toda persona es “trina”, es decir, está formada por tres personalidades, que conviven conjuntamente en toda su extensión, a saber, como ellos se creen que son, como los demás creen que son y como realmente son.

En los momentos de incertidumbre (económica, profesional, personal) también se oye por ahí que hay que refugiarse en los valores, es decir, en aquello que creemos que es lo correcto y tranquilizador para nuestro cuerpo y nuestra mente. Pero también se comenta, en varios foros, que no existen valores, que estamos cambiando nuestros valores, que hay que volver a los valores tradicionales.

Creo que nos estamos embarcando en un bucle de melancolía (“cualquier tiempo pasado fue mejor”) que justifique lo que nos está sucediendo, y utilizando en sentido contrario la expresión de los fisiócratas franceses del siglo 18 –laissez faire, laissez passer–, convirtiendo nuestros hechos y comportamientos en respuestas a no-acción, siendo damnificados. Buscamos que alguien nos ilumine en el rescate de los valores y, sin embargo, puede que lo que haya sea una crisis de valor. Gobierno, oposición, agentes sociales, todos hablan pero nadie actúa, o por lo menos esa es mi percepción.

Creo que nos estamos convirtiendo en sujetos que vemos los problemas como algo ajeno a nosotros, donde nuestro papel es pasivo, surgen plataformas de apoyo a trabajar en común, y en una misma dirección utilizando el “entre todos lo arreglamos”, pero al final nos encojemos de hombros y lanzamos frases del tipo “las cosas son así”, “con estos mimbres que tengo, este es el cesto que puedo hacer”, “mi empresa tiene esta cultura”, “yo soy así”.

Detrás de este victimismo se encuentra la educación a la que hemos sido sometidos. Hace tiempo leí en un artículo la cuestión acerca de si en la educación de los alumnos de enseñanza secundaria debería ser obligatoria la asignatura de gestión de habilidades para desarrollar la Inteligencia Emocional. El debate se iniciaba sobre el tabú en el que nos educamos a la hora de expresar públicamente emociones como miedo, felicidad, enfado o locura.

Continuaba dicho artículo hablando de la escucha empática y la autoconfianza, como habilidades emocionales que se consideran básicas y necesarias en el ser humano para iniciar cualquier proceso de aprendizaje, y el impacto positivo que podían tener, tanto en la salud mental como física, en las personas que fueran capaces de aprender a gestionar sus emociones desde una edad temprana.

Quizás es a esa edad donde empieza la crisis de valor, nos enseñan a desarrollarnos “fuertes y robustos mentalmente”, el reconocimiento de la vulnerabilidad es una señal de debilidad.

Nada más lejos de la realidad: la vulnerabilidad es un paso del aprendizaje y una oportunidad excelente para el desarrollo. El reconocer que no sabemos y que pedimos ayuda para aprender, lejos de debilidad es un punto de valentía, sólo las personas con una fuerte competencia emocional son capaces de reconocer su ignorancia y abrir las puertas al conocimiento y al desarrollo de nuevas experiencias.

Volviendo al título (“vive como quieras”) nos encontramos ante un caso claro de falta de alineamiento entre los objetivos personales y los profesionales. Esto que suele suceder con cierta asiduidad en el desempeño profesional dentro de nuestros trabajos, es un síntoma de que nos dejamos llevar por los acontecimientos y no somos capaces de manejar nuestro desarrollo profesional de una manera acorde a nuestros intereses tanto personales como profesionales.

Por regla general, los que tenemos suerte terminamos nuestros estudios, hacemos nuestro master, comenzamos a trabajar. Nuestros intereses son adquirir experiencia, posición y ganar dinero. En ese momento poco nos preocupa si hacemos lo que debemos, lo que queremos o lo que podemos.

Pasan los años y cambiamos de funciones o de empresa, y creemos que nos estamos realizando como profesionales, pero un buen día miramos hacia atrás y en muchos casos nos damos cuenta de que nuestros ideales y nuestras pretensiones han ido modificándose con el tiempo.

Nuestros valores y nuestros ideales han podido mantenerse, en el mejor de los casos, adaptándose a nuestro entorno. Lo lógico es que aunque los mantengamos inalterables, se modifiquen en cuanto al orden de prioridades que les damos.

Pero, ¿qué ocurre si nos damos cuenta de que lo que hacemos no coincide con lo que pretendíamos cuando empezamos a trabajar, de que nuestros valores e ideales se han quedado en el fondo del baúl de los recuerdos?

En este caso podemos hacer dos cosas: la más fácil es dejarnos llevar por los acontecimientos y dejar diferida nuestra felicidad a cuando nos jubilemos o cobremos una “primitiva”, o sentir el “vértigo” de deber intentar conducir nuestro destino.

Si decidimos ser consecuentes con nuestro alineamiento personal y profesional, debemos asumir la responsabilidad de pasar de la preocupación a la ocupación. Cuando algo nos preocupa, estamos evadiendo la respuesta dirigida a resolver la situación o el reto; cuando algo nos ocupa nos convertimos en conductores de la situación y pasamos de ser parte del problema a parte de la solución.

En esta situación empezamos a conducir nuestra carrera, empezamos a sentir que somos dueños de nuestros actos, asumimos que el reto al que nos enfrentamos es un objetivo a alcanzar. Por lo tanto, podemos dejar de ser víctimas para ser responsables, para asumir la habilidad de responder al objetivo y actuar en consecuencia.

A partir de aquí seremos honestos con nuestros propósitos, honrados con nuestros proyectos y, finalmente, valientes para tomar decisiones por nosotros mismos. Seremos vencedores porque iremos más allá de la expresión “hicimos lo que pudimos”. En definitiva, conseguiremos alinear nuestros planteamientos con la realidad que nos hemos fijado.

 
 
 
 

José Manuel Arribas Vargas es Licenciado en Derecho por la UCM (España), Master en Recursos Humanos por el Instituto de Empresa, Diplomado en Asesoría Jurídica de Empresas y Diplomado en Derecho Laboral por la Escuela de Práctica Jurídica. Además es Coach Ejecutivo certificado por la ICF (International Coach Federation). Es Director de la consultora Persona, y Colaborador de RRHH Digital.

 
     
 
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