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Diego Ferrero PARA PENSAR
El director de orquesta
Por Diego Ferrero
 
     
 

La villa de Orsay

La Villa de Orsay era un pequeño poblado enclavado en un fértil valle rodeado de pequeñas colinas. Un río caudaloso llevaba prosperidad a cada parcela de campo, alimentando los abrevaderos de los animales y refrescando las famosas vides de la comarca.

El vino del valle de Orsay se alzaba, cada año, con la gran medalla dorada que la comarca otorgaba a aquellos vitivinicultores que se esforzaban por lograr el mejor brebaje. No había dudas de que las aguas del río y el preciado microclima habían logrado el maridaje perfecto para obtener la mejor de las uvas.

Todos los años, e inmediatamente después de la vendimia, daba comienzo una fiesta en la cual cada una de las villas de la comarca demostraba sus habilidades en el manejo de los instrumentos musicales. Así, oboes, violines, platillos, flautas, tambores y guitarras, rompían el silencio del valle, para deleitar a cada uno de los asistentes a los pequeños conciertos, que uno tras otro iba realizando cada banda de la comarca.

Las autoridades del evento establecieron un estricto orden en la presentación de cada una de las bandas. Las primeras en iniciar el concierto serían aquellas que no hubieran obtenido premio alguno en la competencia para alcanzar la medalla de oro en vinos.

De esta manera, y de acuerdo a los últimos registros, la banda de la Villa de Orsay siempre tocaría en último lugar. Se buscaba de esta forma equilibrar, con relativa justicia, que cada cual pudiera demostrar lo mejor de su villa, ya fuera en términos de vinos o de música.

Sin embargo, y a pesar de ser los grandes ganadores de las medallas de oro, el alcalde de la Villa de Orsay y su consejo de asesores, mostraban un alto grado de preocupación porque en los últimos años ni siquiera podían terminar de realizar su concierto. Los pobladores de aldeas vecinas huían rápidamente, al instante que se anunciaba la aparición de la banda en escena.

Los habitantes de la Villa se preguntaban una y otra vez por qué volvían frustrados sus músicos. No comprendían las razones por las cuales ni una sola nota musical fuera capaz de escapar de sus instrumentos. Y así, año tras año, volvían cabizbajos a sus hogares, con una de sus manos vacías de honores.

La preocupación del alcalde se hacía cada año más evidente. De alguna manera intuía que tarde o temprano, tantos años de frustraciones afectarían a la calidad de los vinos de Orsay. Esto seguramente traería innumerables consecuencias negativas para la economía de la villa.

Es así que después de una larga discusión con su grupo de asesores, el alcalde decidió contratar los servicios de un director de orquesta. Su objetivo sería determinar por qué razón la tan querida Banda de la Villa de Orsay retornaba, luego de cada evento, con las manos vacías.

La audición

Tres semanas después de la resolución adoptada, el auditorio del Gran Teatro de la Aldea lucía impecable. Se habían pintado sus paredes descascaradas por el paso del tiempo, podado los cercos de ligustros lindantes con la Iglesia Protestante y adornado la escalera principal con guirnaldas de flores blancas.

Los habitantes de la Villa de Orsay se hallaban reunidos esperando que se abrieran las puertas del Gran Teatro para escuchar el concierto que la Banda ofrecería al nuevo director de orquesta. A la hora indicada, la gran puerta de roble se abrió de par en par, y la multitud ingresó ocupando sus asientos de manera serena, en orden. Mientras, de fondo, se escuchaba cómo algunas notas musicales huían de los instrumentos que estaban siendo afinados.

En un instante todas las miradas se cernieron sobre un hombre de mediana contextura y escasa cabellera de color ceniza. El director de orquesta cruzó la puerta de entrada, y sin hacer comentario alguno eligió su ubicación.

Al terminar el primer tema musical, el auditorio entero aplaudió de pie, mientras las miradas se cruzaban en busca de aquel hombre de cabellera gris. La algarabía hizo que el segundo tema se demorara un poco, y al finalizar se repitió la escena anterior. Los habitantes de la villa estaban más que eufóricos. Sin embargo, aquel extraño hombre se levantó de su asiento y en silencio se retiró del teatro.

Habían pasado tres días desde la audición, y el Alcalde de la villa se mostraba preocupado ya que no había vuelto a tener contacto ni noticias del director de orquesta.

La residencia

El cuarto día amaneció con un cielo cubierto de espesas nubes grises. El viento arrastraba todo lo que se hallaba en su camino. Vientos de cambio se anunciaban en la Villa de Orsay.

El Alcalde llegó temprano a su oficina, y para su sorpresa se hallaba esperándolo el director de orquesta. Sin perder el tiempo y dirigiéndose al Alcalde, le dijo:

– Necesito que todos los músicos vayan a descansar esta noche y la siguiente a la Residencia del Alcalde, y cuando lo hagan, le agradeceré les entregue a cada uno de ellos estos sobres.

La Residencia era el lugar en el cual vivía el Alcalde con su familia. Contaba con muchas habitaciones. De hecho, se la usaba para dar albergue a los turistas en la época de la vendimia.

Esa noche, y de manera puntual, fue llegando a la Residencia cada uno de los músicos de la banda, preguntándose qué sería lo que harían allí. Después de cenar, cada uno se fue a su habitación a descansar.

A la medianoche los huéspedes se levantaron, sobresaltados, de sus camas. Un terrible lamento se escuchó como si viniera desde el ala más antigua de la residencia.

Nuevamente, ocurrió lo mismo a las dos de la madrugada, y a las cuatro. Los ruidos ensordecedores asustaban a quienes tuviesen la valentía de salir de sus camas.

A la mañana, durante el desayuno, ninguno de los músicos hizo comentario alguno. Sus rostros mostraban las huellas de una noche de poco descanso. Al finalizar, cada uno retornaría a sus tareas habituales.

A la noche del día siguiente, la cena había sido enriquecedora para cada uno de ellos. La charla fluía alegremente hasta la hora de retirarse a descansar.

Esa medianoche volvió a repetirse el lamento escuchado el día anterior y ninguno se animó a salir de su cuarto. Pero los ruidos se repitieron a cada hora.

Para la hora del desayuno del día siguiente los rostros de los músicos se encontraban desfigurados. El agotamiento nocturno los había marcado profundamente.

La lección

Al terminar el desayuno apareció el director de orquesta quien, luego de darse a conocer, solicitó a todos los músicos que se presentasen a tocar en el auditorio del Gran Teatro de la Aldea. El Alcalde y altas autoridades de la Villa habían sido invitados junto a sus familias.

Una vez ubicado en su posición, cada músico sacó un sobre y, luego de leerlo, comenzaron a tocar sus instrumentos. De esta manera dio comienzo un pequeño e improvisado concierto.

El asombro de cada uno de ellos, incluido el Alcalde, su familia y la demás comitiva, fue enorme. Hubo una pausa y el silencio fue total.

– Continúen, continúen –replicaba a viva voz el director de orquesta. Y los músicos debieron continuar tocando sus instrumentos.

Al cabo de un rato el ruido fue ensordecedor, los sonidos que salían de cada instrumento resultaban ser desagradables para cualquiera. Al finalizar la función, cada uno de los asistentes se fue retirando del Gran Teatro.

Fue entonces que el director de orquesta improvisó una breve reunión en el escenario con los músicos y el Alcalde para explicar lo sucedido durante la noche anterior y de qué manera se relacionaba con el concierto.

En cada sobre había una instrucción precisa para cada uno de los músicos, en la cual se les pedía que tocaran una serie de notas musicales a una determinada hora de la madrugada, y tan sólo por unos pocos minutos.

De esta manera quería mostrarles cómo se sentían los habitantes de las otras comarcas cuando la banda de la Villa de Orsay salía a escena.

Cuando los habitantes de la villa escuchaban a su banda y de manera eufórica aplaudían y vociferaban ¡hurras! a viva voz, lo que estaban haciendo era escuchar sólo aquel instrumento tocado por algún familiar.

De manera que, en realidad, ¡escuchaban una parte del concierto!, y de ningún modo la pieza en su conjunto. Los otros, los vecinos de las otras comarcas, escuchaban la pieza en su totalidad. ¡Y esta sonaba muy mal!

Entonces, lo importante en una orquesta no son los músicos, ni la partitura, ni la acústica del lugar, ni el director de orquesta. En todo caso, lo más importante es la obra en su conjunto, y esto se logra teniendo una visión mucho más amplia que la que pueda dar el primer violinista o el pianista.

La música que brota de un sólo instrumento puede ser exquisitamente maravillosa, pero cuando ese instrumento debe convivir con otro, cuyos acordes o sonidos son diferentes, debe, necesariamente, establecerse una visión totalizadora de lo que se quiere transmitir al espectador que escuchará la obra.

Moraleja

Finalmente, los habitantes de la Villa de Orsay, comprendieron cuáles eran sus debilidades y comenzaron a trabajar en las diferentes maneras de entender cómo se relaciona cada instrumento con el conjunto de la obra. Se habían dado cuenta que el todo es más importante que las partes.

De esta manera se habían propuesto un objetivo mayúsculo para la próxima fiesta de la vendimia del Valle de Orsay. ¡Alzarse con el premio que se otorgaba a la mejor banda musical.

 
 
 
 
El Director de Orquesta
 
     
 
 
 

Diego Ferrero es Lic. en Administración Agraria y especialista en temas de reingeniería de procesos. Es Director de Manufacturing People, consultora especializada en reingeniería de negocios. Su carrera profesional se desarrolló como gerente de operaciones en Ronalflex SRL, gerente de compras en La Salteña S.A., gerente de abastecimiento en Pillsbury Argentina S.A. y jefe de compras en Refinerías de Maíz S.A., división industrial. Es autor del libro Las Reflexiones de Casimiro, Historias de Fábrica, novela acerca de la administración estratégica.

 
     
 
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