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Fernando Vigorena Pérez OPINION EXPERTA
La culpa de la razón
Por Fernando Vigorena Pérez
 
     
 

El diálogo familiar ha cambiado con los tiempos, y por ende nuestra educación. Tiempo atrás no se manifestaba interés en desarrollar la lógica infantil, ni tampoco en dar a conocer la cruda realidad a los niños. Antes de datos certeros y comprobables sobre el mundo, se dialogaba con el niño a través de detalladas fábulas, cuentos y aventuras, donde alternaban las hadas, los duendes, ogros y hasta el lobo feroz. Tiempos en que nuestra fantasía se encerraba en libros de aventuras, revistas que incrementaban la imaginación, programas radiales de la misma índole.

Si antes se culpaba a los padres por el exceso de fábula familiar, ahora se hace imperioso hablar de un exceso de racionalidad y realidad. Nadie valida ahora la pobreza de espíritu, la reflexión, la tertulia ni el escuchar. En nuestra sociedad existen solo los rápidos y los muertos.

La falta de un adecuado balance entre ambos hemisferios, determina una falta de resiliencia en los jóvenes, entendiéndose como tal la incapacidad que se genera en ellos para recuperarse del fracaso o del medio adverso.

Obsesionados por la idea de generar niños y jóvenes sanos y genios, los padres andan a la caza de las más modernas técnicas de sensibilización y aprendizaje, a fin de aprovechar adecuadamente el tiempo libre de los pequeños. Desde antes de nacer, el infante tiene programado un intensivo plan de desarrollo, que incluye entrenamiento precoz en lectura, computación, Internet. El pequeño gorrión ha sido condenado desde la cuna a la dictadura de la industrialidad y la eficiencia. Asediado por la información, compelido por el éxito, ha salido de la tiranía de la ignorancia para caer bajo la tiranía de la inteligencia.

La historia de un personaje muy conocido por nosotros da crédito a este hecho, Caperucita Roja.

Caperucita, joven de espíritu alegre, sonrisa fácil, vivía con su madre en la ladera del bosque. Esta horneaba ricos panecillos, los que solía enviar con Caperucita a la abuelita que vivía al otro lado del bosque.

Una mañana Caperucita recibió la encomienda y marchó por el sendero silvestre, no sin antes escuchar los reiterativos mensajes de advertencia de su madre, quien la colocó al tanto de los peligros que asechaban en el bosque, y en especial de un personaje muy peligroso, el lobo feroz., cuya especialidad era engañar niñas indefensas, curiosas, soñadoras como ella era, para después, sin misericordia, saborearlas entre sus fauces. Caso típico de niñas distraídas como Caperucita, que no siguen las juiciosas recomendaciones de los adultos y terminan sucumbiendo ante el peligro.

Fue así que el lobo feroz saludó a Caperucita sin que esta tuviera sobresalto alguno. Este, cual si cumpliera los pérfidos designios de la profecía materna, conocedor de la curiosidad de la niña y su disposición al juego y al descubrimiento, le sugirió tomar otro camino por donde, aseguraba, encontraría las más hermosas flores y los más lindos claros del bosque. Cediendo a la tentación de la curiosidad, la misma que perdió a nuestros primeros padres y que constituye sin lugar a dudas el pecado original, Caperucita terminó siendo tragada por el lobo que se hizo pasar por la abuelita.

El resto de la historia es de todos conocida.

Según una versión que ha llegado a nuestros oídos, el lobo no logró consumar la fatal agresión, porque Caperucita fue salvada por un cazador que escuchó sus gritos de auxilio.

Sabemos, eso sí, con certeza, que desde entonces Caperucita prometió solemnemente no dejarse llevar nunca más por la curiosidad y ser fiel a las enseñanzas de los adultos, admitiendo respetuosamente sus consejos.

Caperucita, ahora con 20 años de edad, sacó alto puntaje en la PSU (Prueba de Ingreso a la Universidad), memoriza ejemplarmente las lecciones de la Universidad, sabe mucho más que sus compañeras de los peligros de la vida y recita sin error la clasificación de los vertebrados y las capitales de los países de Europa. Pero la pobre Caperucita, que razona impecablemente cual si tuviera una larga experiencia, ha empezado a frecuentar el consultorio de un psicoanalista porque no acepta invitaciones a paseos, ni se atreve a salir sola, por temor a que sea comida por los lobos. Desde que supo de los peligros de explorar y fantasear, Caperucita no volvió a divertirse con las flores y redujo sensiblemente sus placeres. A más de las modestas gratificaciones que le depara el deber cumplido, Caperucita no carga sino tristezas y, según nos han contado, su pena se ha acrecentado desde que supo, por boca de un analista, que desde años atrás la acompaña el deseo oculto de que el lobo la triture entre sus fauces.

¿No será que el exceso de racionalidad y la falta de imaginación están condenando a nuestros jóvenes y transformándonos de hijos de la prosperidad en huérfanos de la inseguridad?

 
 
 
 

Fernando Vigorena Pérez es Consultor de Empresas y Director de Entrepreneur Consultores Gerenciales Ltda., una de las más importantes empresas orientadas a los servicios de Outplacement y Coaching en Chile.

 
     
 
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