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OPINION PERSONAL
¿Son iguales todos los verdaderos hombres?

Por Mike Leach

 
     
 

Martín y David a menudo se sientan juntos mientras esperan el tren de la mañana. A pesar de la regularidad de este ritual en días de trabajo, nunca se han hablado. Son –¿cómo decirlo?– diferentes. Una vez, sin embargo, después de que una joven mujer pasó frente a ellos, sus ojos se encontraron brevemente en un reconocimiento común del momento. Aparte del veredicto sobre el cuerpo de la joven, algo más fue afirmado silenciosamente. Se acomodaron de nuevo, sus identidades intactas, seguros por la proyección externa de la vaga amenaza que su propia proximidad física implicaba.

También comparten el tren. Este lleva a Martín a un suburbio donde trabaja como maquinista en una planta de ingeniería. "Sí, el trabajo se vuelve aburrido y repetitivo", dice, "pero los compañeros lo alegran, contamos algunos chistes, embromamos a las secretarias, cosas normales. Y después del trabajo salimos a beber. Así la vamos pasando. Después de todo, un hombre tiene que ganar el sustento, ¿no? Especialmente con la esposa y los hijos en casa".

El tren lleva a David a la ciudad, donde trabaja como vendedor en una gran compañía de seguros. Se siente orgulloso de sus agresivas estrategias de ventas y de su habilidad en ser uno de los mejores del equipo. "Claro, no siempre disfruto las decisiones fuertes, pero es necesario ser competitivo o te quedas rezagado en el negocio, no digamos en las promociones. El éxito es muy importante para mí, y también para mi familia. La gente confía en mi liderazgo –sabe quién está al mando. Es una gran responsabilidad, pero es importante y yo soy bueno en esto".

Aunque Martín y David son personajes ficticios, sus historias representan algunas realidades fundamentales acerca de las vidas de innumerables hombres en las sociedades occidentales industrializadas. En un sentido, es una historia sobre masculinidad: de hecho, una gran historia que se cuenta en todos lados, con algunos temas muy gastados pero importantes. La primera representa la actitud hacia las mujeres. La versión dominante de la masculinidad refleja, a nivel personal, la tendencia de las sociedades patriarcales a reducir a las mujeres a sus funciones sexuales y reproductivas. De manera ilustrativa, las mujeres entran en las historias de Martín y David como personajes menores, que no son nombrados ni escuchados, pero centrales para la identidad y la autoestima de los hombres. También hay homofobia, así como un énfasis en la importancia del trabajo, de proveer para la familia, de ser quien lleva el sustento a la casa y, por tanto, la cabeza del hogar.

En otro sentido, sin embargo, es una historia de las vidas reales de hombres en los contextos económicos y sociales específicos a través de los cuales la masculinidad se convierte en una experiencia vivida. Para la mayoría de la gente, el trabajo, o lo que se hace, es central en la construcción de su identidad, el determinante primario de lo que se es. Tal como Martín y David ilustran, sin embargo, la naturaleza del trabajo en el contexto de la economía capitalista varía enormemente según la posición de clase de cada quien, en términos de satisfacción, autonomía y poder. La lógica estructural de la economía capitalista, organizada en torno al lucro privado y a la producción costo-eficiente, requiere de la existencia de una gran clase de trabajadoras y trabajadores con salarios deficientes, con relativamente pocas habilidades y poco o ningún control en sus lugares de trabajo. Los diferentes tipos de trabajo bajo el capitalismo interactúan en varias formas con el carácter y las posibilidades de la masculinidad convencional, brindando apoyo crítico para la organización del trabajo bajo el capitalismo, pero también produciendo conflicto, contradicción y resistencia.


Trabajo y masculinidad

Para la mayoría de hombres en las sociedades occidentales, entrar al mundo del trabajo significa alcanzar la hombría, el rito de iniciación en el mundo público y productivo del hombre. Las definiciones culturales de la masculinidad dan un énfasis particular al papel del hombre como proveedor en el hogar y, consecuentemente, funcionan como parte de una red de suposiciones ideológicas que apoyan la división sexual del trabajo entre hombres (público/productivo) y mujeres (privado/doméstico). De la misma forma, las expectativas acerca de la masculinidad fusionan los roles de "hombre" y "trabajador": ser un hombre exitoso es ser un buen trabajador.

Tal como Andrew Tolson apunta en “Los límites de la masculinidad” (1977), las definiciones occidentales contemporáneas de la masculinidad están inextricablemente vinculadas a las de trabajo, a través de valores, cualidades y prioridades que se les atribuye a ambas: fuerza física, destreza mecánica, ambición, competitividad, y así sucesivamente. A los niños se les enseña, por medio de la familia, la escuela y, finalmente, el lugar de trabajo, a aspirar a estos valores como pilares de la hombría, y eventualmente llegan a interiorizar estas normas como “identidad”. Los hombres aprenden a definirse y juzgarse a sí mismos de acuerdo con estos valores y el trabajo es el terreno de prueba más importante para estos atributos.
Tanto Martín como David, en diferentes formas, dan fe de la fijación de la identidad masculina en torno al trabajo, y de la transformación de las expectativas sociales en asuntos de autoestima y responsabilidad.

Para los hombres, la capacidad de proveer no sólo representa una cierta posición social y presencia como representante público/económico de la familia, sino que garantiza los derechos a la independencia y al dominio en el mundo doméstico del hogar. Así como la hombría se forja en el escape del mundo doméstico de la madre, el trabajo es crítico para el mantenimiento de la identidad masculina a fin de sostener la separación del ámbito de la mujer: regresar a éste de otra forma que no sea como proveedor significa fallar como hombre.

Esta separación de trabajo y hogar construye y refuerza la masculinidad a otros niveles. El lugar de trabajo en la sociedad capitalista es un terreno de racionalidad técnica: las emociones son una desventaja para el trabajador/hombre en el mundo de la producción, la eficiencia, la solución de problemas y el manejo de recursos. Las emociones son asociadas a la esfera doméstica de las mujeres, y es mejor dejárselas a ellas.

Dadas las potentes conexiones entre el trabajo y la masculinidad, no es sorprendente que el desempleo traiga consigo el estigma de una masculinidad fallida y de una dependencia "forzada". De hecho, los medios invariablemente pintan al hombre desempleado como "hombre derrotado", atrapado, en peligro y efectivamente castrado en el hogar femenino.

Se hace obvio, al examinar estos asuntos, que la masculinidad es significativamente definida por, y a la vez termina apoyando y justificando, la organización del trabajo en la sociedad. La fuerza de la identidad de género como ideología se deriva del hecho de que a la hombría se le confunde fácilmente (y deliberadamente) con la masculinidad biológica. Así, a las suposiciones ideológicas se les otorga el estatus de "lo natural".

En este contexto, probablemente no es una coincidencia que los valores masculinos reflejen los valores que caracterizan a la economía y la ideología capitalistas: competitividad, autoridad, individualismo, fuerza, agresión y el creer en las jerarquías. De hecho, la noción del hombre "proveedor", tal como existe actualmente, surgió con el advenimiento del capitalismo industrial desde mediados y hasta finales del siglo diecinueve. En la sociedad pre-capitalista, si bien la masculinidad y el patriarcado eran afirmados mediante el trabajo en la transmisión de ocupaciones de padre a hijo, la producción era, en general, una empresa conducida desde el hogar por toda la familia.

En contraste, la estructura del trabajo en el orden capitalista emergente requirió de una separación entre el hogar y el lugar de trabajo. A las mujeres, las niñas y los niños se les prefirió inicialmente como mano de obra industrial, y conforme declinó el viejo orden de producción artesanal feudal, la base económica y material de la autoridad patriarcal empezó a desaparecer. La noción del proveedor masculino surge de este período como resultado de la lucha popular, la presión de la iglesia y la acción estatal, en respuesta a la amenaza al orden patriarcal.

En Australia, esto puede verse en la decisión sobre el salario mínimo: el Caso Harvester (1907), que determina que el salario del hombre debe ser suficiente para mantener una esposa y tres hijos/as, mientras que el de la mujer sólo debe bastar para mantenerse a sí misma.

El hecho de que el ideal del proveedor masculino haya resultado ser considerablemente resistente a la luz de una mayor participación femenina en la fuerza laboral pagada es un testimonio de la fuerza ideológica de la relación entre el trabajo y la masculinidad.


Clase y masculinidad

Habiendo planteado estos argumentos acerca de los vínculos entre masculinidad y trabajo, es importante reconocer que la mayoría de las personas que no son independientemente afluentes no tienen más opción que vender su trabajo para sobrevivir. Sin embargo, cuando los empleos escasean, como frecuentemente ocurre en la economía capitalista, la ética laboral masculina y la división sexual del trabajo se confabulan para asegurar que los hombres tengan más probabilidades de obtenerlos.

Además, en el contexto de la obligación general de trabajar, la masculinidad adquiere un especial significado político. Dado que los hombres perciben el trabajo como integral para la identidad masculina, como una responsabilidad "natural", la masculinidad de hecho funciona para limitar la resistencia contra la organización del trabajo. De manera similar, es más probable que los hombres desempleados vean su suerte como una derrota personal y no como una razón para cuestionar el sistema que los hace redundantes. Este aspecto de la masculinidad es particularmente importante cuando se analizan cuestiones de clase.

Para la mayoría de hombres de la clase trabajadora, como Martín, el trabajo raras veces es una experiencia recompensante o satisfactoria. No es el lugar donde se cumple la promesa de la independencia o del poder masculinos. Por el contrario, el ingreso al trabajo de un joven de la clase trabajadora es prácticamente una garantía de subordinación constante. Largas horas, bajos ingresos, tareas repetitivas y en absoluto desafiantes, monotonía y una continua subyugación a la incuestionable autoridad de la administración caracterizan la realidad del trabajo para los hombres y las mujeres de la clase trabajadora.

Un control limitado del entorno laboral y oportunidades reducidas de aportes individuales acerca de las rutinas diarias y las prácticas laborales, así como el hecho de que las formas del trabajo en esta clase son escasamente valoradas por la sociedad... todo funciona para socavar la autoimagen masculina de un "individuo libre", poderoso y autónomo.

Según Tolson, el estatus masculino es contradicho constantemente por la indignidad del trabajo asalariado. Más aún, es la clase trabajadora la que inevitablemente carga con el peso del desempleo.

Aunque la ideología de la masculinidad es dirigida a todos los hombres, las realidades del trabajo y la clase necesitan compromiso y reinterpretación, y tienen como resultado la formación de particulares estilos de masculinidad de clase. Para los hombres de la clase trabajadora, tener poder e independencia, ser exitosos y competitivos es un sueño patentemente irrealista. Como consecuencia, el estilo de masculinidad de la clase trabajadora tiende a compensar la falta de poder político y económico con un estilo de machismo más inmediato y agresivo.

También sirve para promover formas de solidaridad colectiva en el lugar de trabajo, en los rituales de camaradería que se evidencian en las bromas, el consumo de alcohol, etc. Estos pueden funcionar como patrones importantes de resistencia a la autoridad de los gerentes y a las rudezas del trabajo. Sin embargo, dado que la masculinidad en general se basa en la exclusión, cosificación y derogación de las mujeres, estas formas de resistencia son inevitablemente parciales.

Es posible que la masculinidad de la clase trabajadora sea a la vez una estrategia de manejo y una resistencia. Los rituales en el lugar de trabajo, más que desafiar la organización del trabajo, la hacen tolerable. Ciertamente, la masculinidad alienta a los hombres a identificarse como grupo, en oposición a las mujeres y con dominio sobre ellas, evitando así que los hombres de la clase trabajadora se identifiquen como trabajadores subordinados con intereses de clase particulares que son compartidos con las mujeres de la clase trabajadora. En este sentido, la masculinidad genera solidaridad entre hombres de clases diferentes.

Adicionalmente, tal como Collinson apunta en su artículo “La ingeniería del humor”, las relaciones entre hombres en el lugar de trabajo tienden a ser, en su mayoría, defensivas y superficiales. Esto podría atribuirse, en gran medida, a la competitividad, la represión de emociones y la homofobia de la masculinidad convencional.

Para hombres de la clase media como David, el trabajo puede proveer oportunidades significativas de autonomía, satisfacción, poder y respeto. La masculinidad de la clase media tiende a ser definida más por autodisciplina que por autoridad, más por individualismo que por metas colectivas o la cultura. Si bien la masculinidad de la clase media cultiva un estilo más austero y restringido, ciertamente no es menos misógina, competitiva o dominante. Las masculinidad, aunque fracturada parcialmente por la clase, une a los hombres como grupo al permitir actitudes y conductas sexistas.

Sin embargo, es importante recordar que el poder no es compartido en forma pareja entre hombres, y que es la minoría más afluente de hombres blancos la que ejerce mayor influencia en las instituciones que refuerzan y mantienen el sexismo, los estereotipos de género y los patrones de la organización del trabajo.


Implicaciones para el movimiento de hombres

En general, el movimiento de hombres antisexistas ha evadido, hasta cierto punto, el abordaje de los asuntos de trabajo y clase. Probablemente en esto haya dos razones principales. En primer lugar, los asuntos relacionados con el trabajo, el capitalismo y sus conexiones con el sexismo y la masculinidad son relativamente difíciles, y a menudo no se los considera particularmente relevantes.
En segundo lugar, el movimiento de hombres es un fenómeno predominantemente de clase media y, debido a las divisiones de clase inherentes a la sociedad capitalista, no comparte una fuerte base cultural con los hombres de la clase trabajadora.

Como punto de partida, yo exhortaría al movimiento de hombres antisexistas a ser conscientes de los asuntos relacionados con el trabajo, la clase y la construcción de la masculinidad. Las expectativas, y también las limitaciones, del trabajo son críticas para la definición de la masculinidad y la perpetuación del sexismo. Así como el trabajo define de manera crucial a la masculinidad, la economía capitalista define la naturaleza del trabajo. El capitalismo promueve y se apoya en el sexismo y el racismo, al dividir a las personas a quienes más explota.

Ciertamente, como Friedrich Engels apuntó hace más de un siglo, la estructura de la familia, una fuente primaria de opresión para las mujeres, funciona para posibilitarle al hombre trabajador mantener su labor al quitarle la carga del trabajo doméstico y la crianza infantil. Consecuentemente, la lucha contra el sexismo y las masculinidades opresivas debe cuestionar y confrontar la organización del trabajo dentro del capitalismo.

Por lo mismo, una buena parte de la masculinidad convencional no puede ser explicada adecuadamente con referencia a la clase y la economía. La misoginia, la homofobia y la magnitud de la violencia sexual contra las mujeres se explican mejor como aspectos de la masculinidad que mantienen el poder de los hombres de diferentes clases sobre las mujeres. Tal como claramente ilustran las investigaciones sobre la violación y la violencia doméstica, no existen prejuicios de clase en la masculinidad opresiva: los hombres de la clase media tienen tantas probabilidades de perpetrar violencia sexual como los de la clase trabajadora. En relación con estos asuntos, hay un marco y una justificación para el activismo de los hombres antisexistas.

De manera similar, los movimientos socialistas necesitan apreciar el grado al cual la masculinidad apoya la organización del trabajo y de esta manera funciona como una fuerza conservadora y divisionista en la política de clase.

El movimiento de hombres también necesita apreciar que si bien sus asuntos y agendas se priorizan primordialmente en términos de desarrollo personal, no es probable que consiga atraer a muchos hombres de la clase trabajadora. La mayoría de éstos no tiene la energía, el tiempo libre o la libertad personal que se requieren para tal compromiso. El movimiento de hombres debe llevar activamente su lucha contra el sexismo a la cultura del lugar de trabajo, y esto probablemente pueda lograrse mediante proyectos conjuntos con los sindicatos.

Esta tarea también necesita ser realizada sin perder de vista las realidades de la estructura del trabajo. Por ejemplo, no es probable que la mayoría de hombres de la clase trabajadora algún día tendrá suficiente seguridad laboral ni "valor de mercado" como para conseguir el establecimiento de disposiciones para ausencia por paternidad. El futuro de los grupos políticamente movilizados en torno a los asuntos de violencia masculina, sexismo y masculinidad radica en su capacidad de apreciar adecuadamente y actuar sobre las interconexiones de todas las formas de opresión.

 
 
 
  Copyright 1995. Revista XY: men, sex, politics, 3(3), Primavera de 1993
XY, PO Box 473, Blackwood, SA, 5051, Australia
Título original: Hard yakkin'

Traducción:
Laura E. Asturias / Guatemala
leasturias@quetzal.net
Tertulia: http://www.cuidese.net/tertulia/

 
     
 
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