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EL TRABAJO A DIARIO
En el vacío de la taza de té
Por José Enrique García
   
 

Camino hacia la cueva del “hombre sin forma”. Allí espero obtener respuestas. Estoy tan cargado de preguntas que se me hace imposible seguir avanzando. El sendero se hace duro y no lo puedo disfrutar.

Por fin he llegado. Estoy ante la cueva y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. ¿Será cierto que en ella habita un hombre sin forma que ayuda a la gente? ¿Cobrará mucho por sus servicios? Bueno, ¿qué importa?, soy el director de la empresa, puedo hacer lo que quiero sin rendir cuentas a nadie.

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Todo está demasiado oscuro. ¿Alguien me puede ayudar? ¿Hola? ¿Es esta la cueva del que llaman “hombre sin forma”?

Lo único que oigo es mi propio eco. El sonido se pierde a lo lejos. Continuaré un poco más allá.

– ¿Hola, hay alguien aquí?
– ¡Tú estás aquí!
– ¿De dónde viene esa voz? No te veo, todo está muy oscuro...
– No puedes verme, no tengo forma.
– ¿Dónde estás?
– ¡Estoy contigo!
– ¿Eres el “hombre sin forma”?
– ¿Quién eres tú?
– Soy Iván, Director General de la empresa M.
– ¿A qué has venido?

– Necesito ayuda. Mi empresa va mal, pierde dinero y la situación financiera es insoportable.

– Marcha por donde has venido, no puedo ofrecerte dinero. Te has equivocado de lugar.

– ¡Oh no, espera! El dinero no es la principal causa. Es que, bueno, yo... Me esfuerzo en darlo todo, en planificar, organizar, controlar, les digo a mis empleados lo que tienen que hacer y cómo, y en qué plazo, y lo importante que es para la empresa que lo hagan bien. Les digo que su sueldo va en ello y que tienen que trabajar más y mejor. Todos me contestan: “Sí, Señor Director”, pero cada uno va a la suya, hacen lo justo y trabajan sin alegría. El trabajo es una carga para ellos. ¡Después de todo lo que les doy! ¡Y con el sueldo que cobran!

¿Cómo conseguir que me hagan caso? ¿Cómo convencerles de que la empresa es lo primero? ¿Cómo hacerles entender que si no lo hacen bien no hay beneficios, y sin beneficios, no hay aumento de sueldo? Les hablo y les hablo y lo único que obtengo es indiferencia.

– ¿Te gusta el té?

– ¿Que si me gusta el té? No he venido aquí para tomar té. ¡Quiero una solución ya!

– Mmmh, una solución... ¿Te gusta el té?

– ¡Vamos! ¿Qué broma es ésta? ¿Pretendes reírte de mí? No quiero té, sino que me ayudes. ¿Es que no lo entiendes? ¡¡Creo que... no sé dirigir!!

– Entonces no te llames a ti mismo Director... El Director que no sabía dirigir, ¡je, je!, interesante, muy interesante...

– No te rías de mí, ¡ayúdame por favor!
– ¿Cómo voy a ayudarte si no me escuchas?
– Está bien. ¿Qué debo hacer?
– Debes tomar té y tus problemas desaparecerán.
– Pero si tomo té todos los días. Mi empresa cada vez tiene más problemas ¿y me dices que tome té?
– Lo ves, no escuchas...
– Está bien, está bien, te escucho. Pero ya tomo té todos los días.

– Y cuando lo tomas, ¿en qué piensas?
– Pues, en todos los problemas que me quedan por resolver. Pienso en todo aquello que debo decir a los empleados, a los proveedores, a los clientes.
– Mmmh! Un hombre cuya mente no está donde él está. ¡Menudo disparate!
– ¿Cómo? No entiendo.

– Mientras tomas tu taza de té, ¿te has parado alguna vez a observar ese momento, a observar la taza, a observarte a ti, a observar el té?

– ¿Para qué? ¡Tengo muchos problemas en los que pensar, no puedo perder un segundo!

– A partir de ahora tomarás té observando el acto de tomar té. ¡Contempla todo lo que acontece en ese instante! ¡Recuerda, ese instante! Vuelve dentro de un mes.

– Pero ¿qué dices? ¿ésa es tu ayuda? ¿qué pretendes? ¿me tomas por necio? ¿Estás ahí?

El sonido vuelve a perderse en el vacío. Retrocedo sobre mis pasos y la oscuridad se va convirtiendo en luz cegadora que molesta a mis ojos. Debo acostumbrarme de nuevo a la luz. Me siento un poco aturdido. “Tomar una taza de té cada día, durante treinta días”. Una receta de locos. Pero bueno, no tengo nada que perder. Contemplaré ese instante.

 

Treinta tazas de té después...

– Hombre sin forma, estoy aquí, he vuelto, ¿me recuerdas? Soy Iván, el que no sabe dirigir.

– ¿A qué has venido?

– Pues, en realidad no lo sé. Me dijiste que viniera pasado un mes, pero que abuses de mi credulidad por segunda vez no me hace ninguna gracia. La empresa va peor, los empleados están tensos y preocupados, pero no ayudan. Hacen lo justo y se van a sus casas. Tu té sirve de bien poco.

– Dime, hombre con forma, ¿has contemplado el instante de tomar una taza de té?
– Sí, lo he hecho
– ¿Y bien?
– El té estaba caliente... y desprendía vapor.

– ¿Y tus problemas? ¿Dónde estaban tus problemas? ¿Dónde estaban tus pensamientos sobre lo que tenías que hacer o decir a tus empleados?
– No estaban. Sólo estábamos la taza de té y yo.
– ¿Dónde estabas tú?
– Ante la taza de té
– ¿Y el té? ¿Dónde estaba el té?
– Primero en la tetera.
– ¿Y qué hacías?
– Vertía el té sobre la taza vacía
– ¿La taza estaba vacía?
– Pues claro, ¿de qué otro modo podía verter el té si primero la taza no estaba vacía?

– ¿Qué hacías luego?
– Saboreaba el té. Había días que lo encontraba dulce y le añadía algo de agua. Otros días estaba amargo y le añadía azúcar. Otros días estaba en su punto y me lo tomaba tal cual. Cada día un sabor y a cada sabor una acción.

– ¿Y después?
– Me observaba a mí y a la taza.

– ¿Qué veías?
– Me sentía bien. El tiempo transcurría a una velocidad natural, ni lento ni rápido. La taza se iba vaciando sorbo tras sorbo, y se quedaba lista para el siguiente día. El té estaba bueno y me saciaba. Ya no sé si saboreaba el té o el momento...

– ¡Oh, muy interesante! ¡El Director que no sabía dirigir, dirigiéndose a sí mismo hacia el momento presente!... Iván, háblame sobre la taza, dime, ¿una taza de té dónde tiene su beneficio?

– En el té mismo, con su aroma, su sabor, su calor.
– ¿Y dónde radica su utilidad?
– En su vacío. Si la taza de té no está vacía, no puede ser útil. ¿Si no, cómo podría contener el té y servir de algo?

– ¡Espléndido, señor Director!, puede volver a su empresa.
– ¿Cómo? ¡Aún no me has ayudado a resolver mis preguntas! ¿Cómo puedo dirigir correctamente?

– ¡Quédate vacío como una taza de té! Rompe tus prejuicios, tus ideas, tus esquemas y modelos, tus conceptos sobre cómo dirigir. ¡Vacíate! Deja de hablar y hablar a tus empleados imponiéndoles cosas, de pensar y pensar. ¡Vacíate! Escucha a tus empleados, atiende a sus problemas, obsérvales, contémplales.¿Cómo les vas ser útil y beneficioso si no te vacías primero? ¿Cómo pretendes que viertan sobre ti su té si estás lleno hasta el borde de ideas preconcebidas, de obsesiones sobre la empresa, de obsesiones sobre ti mismo. ¡Deja de mirarte el ombligo! ¡La empresa sois todos! Vacíate y ellos verterán su té sobre ti.¡El beneficio está en el té de tus empleados! ¡Y la utilidad en tu vacío!

– Quieres decir que les escuche, les conozca y les entienda.Que comprenda cómo son y que de esa manera podré unirlo todo en una sola fuerza, en un solo té, en una sola dirección, ¿no?... Pero son muchos, ¿cómo escuchar a todos, cómo aunar sus fuerzas? Cada persona es un mundo, y además la gente no se comporta igual cada día, ni tampoco se siente igual.

– ¡Cada día un sabor y a cada sabor una acción! ¡Disfruta del té, sorbo a sorbo, para volver a vaciar la taza y dejarla lista para el siguiente día!

– ¡Oh, entiendo, ahora lo veo con claridad! ¿Cómo agradecer tu ayuda? ¿cómo recompensarte?

– Dale las gracias a tu taza de té.


 
 

 
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José E. García es integrante de Equipo Humano, un boletín electrónico sobre motivación, cohesión y competitividad del equipo humano.
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Consultor, entrenador, conferencista

 
 
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